Por primera vez, el presidente del Gobierno ha entrado en liza sobre la crisis del PP. Y lo ha hecho de una manera deliberada, al introducir una advertencia directa y letal a su rival político, Mariano Rajoy, sobre la legitimidad de origen que, según la doctrina clásica y su propia experiencia en el PSOE, necesita un político para llegar al poder: «Rajoy no entiende que, en política, el comienzo es más de la mitad de todo», sentencia José Luis Rodríguez Zapatero, citando al mismísimo Aristóteles.
Este es el torpedo en la línea de flotación del buque popular que el jefe del Ejecutivo lanza a su adversario en declaraciones al Magazine de EL MUNDO, que hoy mismo publica un amplio reportaje donde muestra al Zapatero más íntimo y desconocido.
A una pregunta de Mercedes Ibaibarriaga sobre su madre, fallecida siete años atrás, José Luis Rodríguez Zapatero contesta glosando la fe que ella siempre tuvo en que sería presidente y comparándola con la que él mismo adquirió, en realidad, desde el momento en que ganó el congreso del PSOE contra José Bono.
Y a continuación, haciendo patria con lo de que el Pisuerga pasa por Valladolid, Zapatero advierte al líder popular: «Es que Aristóteles dijo, y esto Rajoy quizá no lo va a entender: 'El comienzo es más de la mitad de la totalidad', y en política, esto es un axioma».
Antes de referirse a Rajoy, Zapatero resulta insistente en este punto, al situar en el congreso del PSOE el momento en que él mismo alcanzó su definitiva convicción política. «Es muy curioso», recoge la entrevistadora, «yo estaba convencido de que iba a ser presidente del Gobierno desde el día en que gané la Secretaría General del PSOE».
Una convicción que le llevó, incluso, a tratar de ello con su madre en los momentos previos a su defunción, apenas cuatro meses después del cónclave socialista, en noviembre de 2000. «Mamá, ¿tú crees que voy a ser presidente del Gobierno». Ella le contestó: «Sí, lo vas a ser».
Confesiones personales al margen, lo cierto es que, hasta este momento, el presidente del Gobierno había reducido al ámbito de los comentarios reservados su declarado interés en la crisis del PP. Los periodistas que han hablado con él aseguran que muestra un conocimiento y una atención a los más pequeños detalles de este singular proceso precongresual. No obstante, su estrategia en estos dos meses transcurridos desde las elecciones ha sido callar.
Sólo en la sesión de investidura Zapatero se permitió una ironía a micrófono abierto hacia el dirigente popular Miguel Arias Cañete, que quedó reducida a una anécdota. Después de que el diputado le afeara su discurso desde el escaño con un gesto de la mano sobre su rostro -mucha cara-, el jefe del Ejecutivo bromeó con la posibilidad de que Cañete quisiera moverle la silla, previa presentación de una candidatura alternativa a la de Rajoy: «Yo no descarto que haya más miembros del PP a los que les gustaría hacer este debate de Investidura; me sorprende que también a usted, señor Arias Cañete», dijo Zapatero desde la tribuna.
Hizo una segunda excepción el pasado 28 de marzo en el programa de TVE 59 Segundos, cuando, preguntado por la crisis del PP, afirmó brevemente: «Cuando se oye tanto discutir de un líder u otro líder, seguramente lo que falta es un proyecto político. Lo que antecede a un liderazgo, a la cohesión de un partido, no es un nombre y apellido, sino un proyecto político».
Pero el silencio de Zapatero sobre el PP -descontados estos dos comentarios-, no era ninguna renuncia, porque cada lunes el hombre malo del PSOE, José Blanco, se encargaba de cebarse, en ausencia de su homólogo del PP, Angel Acebes, con sus sarcasmos sobre la crisis popular. Sobre todo cuando, al ser preguntado por el órdago lanzado por Mariano Rajoy en Elche contra Esperanza Aguirre y los liberales, a los que invitó a irse del PP, el dirigente socialista se ensañó con la «expresión descomunal de autoritarismo» del líder popular y su «concepción perversa de la democracia», basada en la premisa de que «quien no esté de acuerdo conmigo, que se vaya».
Aunque Blanco ha repetido siempre que no pretendía entrometerse en el debate interno del PP, no se ha ahorrado consejos a su partido rival para que resuelva su congreso «de forma democrática» y que reflexione sobre los motivos de sus derrotas.
Los socialistas, en todo caso, acogieron con abierta satisfacción la continuidad de Rajoy desde el mismo día 11 de marzo en que éste anunció su propósito de revalidar la Presidencia en el congreso de junio. Para ellos, según las crónicas de aquel día, Rajoy es un adversario «previsible».
Zapatero, según creen los suyos, tiene en el reciente impasse del PP un terreno abonado. Primero, porque, tal como se reconoce en el PSOE, la oposición, vuelta sobre sus propios problemas, se los quita a él, y le otorga un enorme margen de maniobra para gobernar sin obstáculos de peso hasta, al menos, la vuelta del verano. Segundo, porque la crisis del PP debilita a su máximo antagonista, Mariano Rajoy, quien hay que recordar que fue para él un rival parlamentario muy duro de roer en la tribuna.
Así que en el gesto político de hoy por parte de Zapatero, tan importante es su consejo aristotélico a Rajoy como, sobre todo, el momento elegido para dárselo; justamente en los días en que el propio líder y candidato único a la Presidencia del PP ha reconocido públicamente estar pasando por su momento más «difícil» en el partido.
Bien por ahondar en la herida de Rajoy, bien por subrayar su propia ventaja, Zapatero ha insistido en horadar el liderazgo de su adversario. Y de sus palabras queda una opinión implícita, la de que el congreso del PSOE que le eligió a él le dio la legitimidad como sucesor de Felipe González que, al parecer, a Rajoy no le dio respecto de José María Aznar el congreso de otoño de 2004 ni le va a otorgar, sin una candidatura alternativa, el congreso de Valencia.

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