El comienzo de su reinado en el Kosovo independiente le ha cavado en los ojos dos profundos surcos. Hace un mes que el primer ministro Hashim Thaci dio a luz al séptimo Estado parido en los Balcanes entre los dolores de una guerra. Apagadas la euforia y la pólvora de los fuegos artificiales, queda la ingente tarea de poner en pie un país todavía convaleciente.

Son muchas las trabas, pero hay una que tortura especialmente a los kosovares estos días. La luz se va dos veces durante la entrevista en el despacho que el político más poderoso del país tiene en Pristina. Los cortes de electricidad son la pesadilla de una población que cuando arrecia el frío (y aquí la nieve es caprichosa), se echa a la calle en busca de la calefacción del coche. Hace ya 10 años que colgó el uniforme, pero Thaci lleva aún el traje y la corbata con el aire marcial del antiguo comandante acostumbrado a dar órdenes a los guerrilleros del ELK, que le apodaban Serpiente por su habilidad para escurrirse de la policía serbia en tiempos de Slobodan Milosevic.

Lo que sí le aleja de un pasado revolucionario que se remonta a su adolescencia es su discurso. Las maneras abruptas con las que se negó a firmar el acuerdo de Rambouillet para zanjar la guerra con Serbia mientras éste no contemplara la «libertad» para su tierra han dejado paso a las buenas palabras. Incluso cuando se refiere a un Estado que no reconoce a su país.

¿O sí? «España ha reconocido la independencia de Kosovo», asegura, en un lapsus que corrige inmediatamente: «Quiero decir que reconoce su realidad y tiene una posición muy clara de apoyo total al plan Ahtisaari, que es el documento bajo el que hemos proclamado la soberanía. Por eso mantiene aquí tropas que hacen un trabajo extraordinario».

Su mano derecha en el Gobierno, Hajredin Kuci -que le considera el único redentor con «autoridad moral suficiente» para guiar a la recién nacida patria-, apunta también que «el apoyo militar de España es una buena señal».

Thaci insiste en la «buena voluntad» de Madrid y se muestra comprensivo hacia «los desarrollos internos de estos días pasados». Una concesión a los equilibrios fraguados en la campaña electoral española para no soliviantar a los votantes apoyando separatismos extranjeros que aviven los propios. «Kosovo no es ejemplo para nadie, sino un caso único del que no se pueden hacer paralelismos», dice por enésima vez, confiando en que el reconocimiento español llegue «muy pronto», ya que «es muy importante para comenzar a construir las relaciones bilaterales».

Mientras tanto, continúa el goteo de respaldo internacional al nuevo Estado, que se celebra ya en las calles con la mesura que da la costumbre. «Hemos recibido el apoyo de grandes potencias económicas», afirma orgulloso el primer ministro, aludiendo al simbolismo de que vecinos con problemas en su propia casa hayan hecho hueco a Kosovo en el mapa de los Balcanes: «El reconocimiento de Croacia, Hungría y Bulgaria es una señal de cooperación y estabilidad».

Pero hay un respaldo que está por encima de todos. El brindado por Washington a uno de sus escasos ahijados musulmanes, al que rescató de la limpieza étnica lanzada por Milosevic en 1999 y al que, hace pocos días, ofrecía material militar para vestir a su nuevo Ejército. «Se trata de otra vía de cooperación en unas relaciones muy especiales», asegura Thaci, al que le cuesta mirar a los ojos cuando habla. Unos lo atribuyen a la timidez; otros, a que esconde algo.

«El pueblo kosovar es el más proamericano del mundo y le decimos a Washington que confíe en nosotros. [El presidente George W.] Bush está garantizando la paz regional».

Las puertas de Europa

Sin embargo, hay una voz que ruge en contra de echarle leña al fuego de la región con más armas. La de Serbia, que ha puesto el grito en el cielo al conocer la noticia. Sobre todo porque llega cuando están aún calientes los enfrentamientos al norte de Mitrovica, capital del resentimiento serbio contra la independencia kosovar. «Desgraciadamente Belgrado continúa impulsando la violencia, aunque nosotros estamos decididos a construir un Kosovo pacífico».

Thaci separa una y otra vez a Serbia de los serbokosovares: «Con Belgrado hay que construir relaciones de Estado, que esperamos sean posibles en un futuro próximo, mientras que con los serbios ciudadanos de Kosovo trabajaremos juntos para levantar nuestro país». Por eso salta como un resorte cuando se le plantean las dificultades que entraña la integración: «Es difícil, pero no imposible», ataja en un inglés sincopado. Es la única vez en toda la conversación en que no utiliza el albanés.

«Los serbios están representados en nuestro Gobierno, el Parlamento y las instituciones locales. He visitado a muchos y sé que empiezan a reconocer la nueva realidad. Yo trabajaré siempre para el conjunto de ciudadanos de Kosovo». Eso sí, el primer ministro advierte de que la autoridad de su Gobierno se extenderá a todo el territorio: «La OTAN está haciendo su trabajo, hay que respetar la ley y no dejarse llevar por los radicales».

El antiguo guerrillero ha ido toda su vida en busca de tres sueños, que repite como un mantra. «El primero era la liberación de Kosovo y el alejamiento de Serbia. Eso se consiguió en el año 1999. El segundo, la independencia de mi país, que logramos el pasado 17 de febrero», enumera. Le queda un tercero: «La integración en la OTAN y la Unión Europea, y el desarrollo económico. Mi objetivo ha sido siempre el de hacer realidad las aspiraciones de mi pueblo de libertad, Estado y pertenencia a la familia europea». Kuci, su número dos, asegura que si hay alguien capaz de lograr esa meta es el propio Thaci: «No sólo por capacidad profesional, sino porque es la persona más popular del país».

En las calles de Pristina los mecheros linterna que proyectan su imagen en un círculo de luz son el último grito del merchandising nacionalista. El primer ministro es consciente de las esperanzas depositadas en él y tiene algo claro: «Kosovo no será el primer país de la región en entrar por las puertas de Europa, pero tampoco el último».