La incorporación de Manuel Pizarro a la lista del PP por Madrid y la exclusión de Alberto Ruiz-Gallardón, dos decisiones clave tomadas por Mariano Rajoy en las últimas 48 horas, dan un giro a la campaña electoral y a la propia formación. Ambas resoluciones muestran a un Rajoy seguro de sí mismo, que lanza un mensaje nítido a la sociedad y a su partido: se ve capaz de ganar las elecciones con sus armas, sin necesidad de que nadie le centre, ni a él ni al PP. Creemos que Rajoy ha acertado en las dos decisiones.
Respecto a Gallardón, nuestro criterio siempre ha sido que el alcalde no podía desatender la dirección de los asuntos de la capital de España para tratar de compatibilizar el Ayuntamiento con el Congreso. Eso supondría, además, un desprecio a los madrileños, que le eligieron hace apenas ocho meses para que estuviera los próximos cuatro años dedicado enteramente a resolver los problemas de la ciudad. Sin embargo, hay un cierto sadismo político en la resolución de Rajoy: primero, por haber esperado hasta el último momento para anunciar que le dejaba fuera, pero también por equiparar su petición de ir en la lista con la solicitud, en el mismo sentido, de Esperanza Aguirre, cuando es obvio que la presidenta de la Comunidad de Madrid debía dimitir para poder ser candidata y en el caso de Gallardón no hay una incompatibilidad legal de cargos. Es cierto que el alcalde había arriesgado sobremanera al autopostularse abiertamente como aspirante a candidato saltándose incluso los plazos y las formas que marca el partido. Apostó fuerte, ha perdido y sus expectativas de ser el sucesor de Rajoy a corto plazo quedan maltrechas. Sigue en pie, sin embargo, su compromiso con los madrileños y sería impropio de alguien de su trayectoria tirar despechado la toalla, tal como ayer se sugería puerilmente en su entorno.
En cuanto a Pizarro, se trata del fichaje de una persona de reconocido prestigio, que genera ilusión entre los populares y el potencial electorado del centroderecha. Con él, Rajoy se garantiza una voz autorizada para una contienda que tendrá en la economía uno de los asuntos centrales. Zanja de forma brillante las dudas generadas en torno a la portavocía de su partido en esta área y puede presentar un peso pasado con el que medirse a Pedro Solbes. El líder del PP demuestra también con esta incorporación su capacidad de arrastre y de persuasión. No es fácil convencer a alguien vinculado al mundo de la empresa que descienda a la arena política, que supone un gran desgaste personal y, desde luego, está infinitamente peor remunerada. No hay que olvidar que hace sólo un mes el ex presidente de Endesa fue nombrado consejero de Telefónica y que figura en otros consejos, de los que deberá dimitir. Se supone, por ello, que quien da un paso así lo hace por una motivación noble e idealista. Ya parte, en este sentido, con un aval: su oposición a la OPA de Gas Natural sobre Endesa, propiciada desde el Gobierno en unas condiciones ridículas, ha contribuido a granjearle una imagen de hombre sólido y cabal.
Los desmedidos y casi histriónicos ataques del PSOE al fichaje de Pizarro -José Blanco le tachó ayer de «tiburón del capitalismo»-, así como su cerrada defensa de Gallardón -López Garrido calificó la decisión del PP de no contar con el alcalde como prueba de su «involución aznarista»- son la mejor muestra del acierto de Rajoy. Sólo le queda demostrar con las palabras y los hechos que carecen de fundamento las imputaciones de que se ha producido un viraje.

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