Tras el atentado de Barajas, las especulaciones sobre la pérdida de poder del eje 'Ternera'/Otegi en ETA/Batasuna afloraron en los medios de comunicación, filtradas, fundamentalmente, desde los aledaños del Gobierno y del Partido Socialista de Euskadi (PSE).

Según esa tesis, el coche bomba de la T-4 fue la respuesta del sector duro encabezado por Garikoiztz Azpiazu, alias Txeroki, reforzado por otros pistoleros históricos y bien recibida por sus terminales en la izquierda abertzale (Rufi Etxeverría, Joseba Permach, Pernando Barrena).

Sin embargo, según fuentes de los Cuerpos de Seguridad del Estado, Ternera, aunque no era partidario todavía de un gran atentado como el de la T-4 para «dinamizar el proceso», dio su visto bueno a la acción como una forma de «mantenerse al frente de la dirección de ETA» con la anuencia de su sector más duro.

Dar a José Antonio Urritocoetxea por amortizado en ETA es desconocer su trayectoria y su papel a lo largo de la historia de la banda. Ternera ha tenido la habilidad suficiente como para mantenerse en el núcleo de poder de ETA desde hace más de 20 años, siendo, de hecho, su jefe más carismático sin discusión. Pero ese liderazgo lo ha atesorado en virtud de su disposición a adoptar en momentos clave las opciones más intransigentes. Es decir, lo contrario de lo que ahora el Gobierno espera de él.

José Antonio Urruticoetxea (nacido en Miravalles el 24 de diciembre de 1950) estaba ya en la dirección de ETA a mediados de los 80. Desde su exilio en Francia preparó el terreno para las negociaciones de Argel (1988) con el Gobierno de Felipe González, lanzando una gran ofensiva terrorista con atentados masivos en Madrid y Barcelona (República Dominicana, Hipercor, etc.).

Frente al sector más proclive al diálogo que, tras la muerte de 'Txomin' Iturbe, encabezaron José Luis Arrieta Zubimendi, alias Azkoiti, y los abogados Iñaki Esnaola y Christianne Fandó, Ternera se puso al frente de la facción más dura. De hecho, Rafael Vera intentó un acercamiento a los abogados de ETA para impulsar la llamada vía Azkoiti y acabar con el poder de Ternera. La historia (relatada con todo detalle por Florencio Domínguez en su libro Josu Ternera. Una vida en ETA) es ya conocida. Esnaola acabó siendo expulsado de Batasuna, como antes lo habían sido también, por orden de Ternera, otros disidentes como Txomin Ziluaga (lider de HASI).

Durante la segunda tregua (1998-99), ya con el Gobierno del PP, el equipo que negoció con los representantes del presidente Aznar fueron 'Mikel Antza' y Belén González. Sin embargo, cuando ETA entendió que la negociación no avanzaba, propuso un nuevo equipo negociador, compuesto por tres miembros y encabezado por Josu Ternera (en esos momentos encarcelado en España).

En una entrevista publicada por Euskadi Información, en octubre de 1998, ya en plena tregua, Ternera advertía que si el «centralismo» respondía «con sordera y represión» a la reclamación de «autodeterminación y territorialidad», ETA adoptaría «otro tipo de actividad política diferente a la que realiza en este momento». Es decir, que volvería a cometer atentados. ¿Acaso no es esa la filosofía del último comunicado de ETA tras el bombazo de la T-4?

Ternera fue puesto en libertad a principios de enero del 2000. Unos días después, ETA cumplía su amenaza, tras la ruptura de la segunda tregua, y asesinaba en Madrid al teniente coronel Pedro Antonio Blanco García.

Al día siguiente de su puesta en libertad, el dirigente de ETA concedió una entrevista a Gara en la que criticaba a la izquierda abertzale por haberse dejado llevar durante la tregua por un «globo ilusorio».

El 6 de noviembre de 2002, el Supremo le había citado para tomarle declaración por su presunta implicación en el atentado contra la Casa Cuartel de Zaragoza, cometido por ETA el 11 de diciembre de 1987 y en el que murieron 11 personas. Pero Ternera no se presentó y se dio a la fuga.

Su papel como jefe de la banda quedó corroborado cuando el 30 de diciembre de 2005, en el Pleno de Parlamento vasco donde se discutía la aprobación del plan Ibarretxe, Otegi leyó desde la tribuna de oradores una carta de Urruticoetxea en la que abogaba por el «entendimiento». Era, en definitiva, el visto bueno de ETA al proyecto político del lehendakari.

Sin embargo, antes de ese aval explícito al plan Ibarretxe (que salió adelante gracias a los votos de Batasuna), Ternera había movido los hilos en ETA de cara a un cambio táctico que derivaría en el alto el fuego anunciado el 22 de marzo de 2006.

El primer dato relevante de ese cambio de táctica lo constituye la reunión que tuvo lugar en Perpiñan el 4 de enero de 2004 entre la dirección de ETA y el líder de ERC, Josep Lluís Carod-Rovira. A dicha reunión asistieron por parte de ETA Mikel Antza y, cómo no, Josu Ternera. El día 18 de febrero de 2004, ETA anunciaba una tregua sólo para Cataluña.

El segundo dato no menos relevante lo constituye el acta del comité ejecutivo de ETA, elaborada por José Ignacio Esparza Luri, tras la reunión que tuvo lugar en febrero de 2004 (un mes antes de las elecciones generales), en la que se dio luz verde para que se iniciasen los contactos con el Partido Socialista. Además del propio Luri, a dicha reunión asistieron Antza, Soledad Iparaguirre (Amboto), Peio Ezkizabel y, por supuesto, Josu Ternera.

Aunque, según fuentes policiales, Urruticoetxea no asistió a la última reunión con los representantes del Gobierno, que tuvo lugar en la primera quincena de diciembre de 2006, todo apunta a que, a pesar del atentado y a pesar de Txeroki, él sigue siendo por el momento el hombre clave de ETA.

La historia de la banda y la propia biografía de Ternera nos enseña que, hasta el día de hoy, los duros siempre han impuesto su ley. Desde el Gobierno se alienta la esperanza de que estamos ante un momento crucial en el que, por fin, un jefe carismático apuesta claramente por la vía de la negociación e impone su criterio frente a los pistoleros partidarios de seguir aplicando la doctrina del coche bomba.

El problema es que la negociación siempre ha sido una herramienta para ETA, al igual que la violencia, para lograr sus objetivos políticos. El Gobierno quiere hacernos creer que ETA va dejar de matar sin que se hagan cesiones políticas.

Pero, en el caso hipotético de que Ternera estuviera dispuesto a iniciar el camino de la rendición de ETA, ¿se lo permitirían sus propios compañeros?

A pesar de los deseos de hacer política por parte de un grupo de dirigentes maduros de Batasuna, la masa social constituida por sus bases radicales sigue siendo partidaria de una ETA dinamizadora de un proceso hacia la independencia del País Vasco.

Y ese es el problema de fondo para el Gobierno. Si el interlocutor es Ternera, tendrá que serlo con el visto bueno de los que siguen teniendo las pistolas y las bombas. Si Urruticoetxea se sale del guión, no sólo corre el peligro de perder el poder, sino su propia vida, como ha sucedido en toda la sanguinaria de ETA, de la que él es su mejor exponente.